Intertextualidades

Las palabras duermen en un bache del tiempo leí ayer en un libro que devolví y me acordé que el otro día cuando viajaba en fluviales oí: Ayer me habló y yo no le respondí. Que me clavó el visto? ¡No! Quisiera decir: que se colgó. O era ayer le hablé y no me contestó. O pero a la historia igual me la miró. O que las fotos nuestras las borró. O que ya no me siguió. No recordé y confundí lo que de esas dos chicas oí con la historia que subí y con la tuya que no vi. Y me puse a pensar en una de tus historias que me dolió, y en cuántos mambos nos hacemos hoy por cosas así. Y en las ganas de hablar y verte que me agarró. En los puchos que se van a consumir mientras estoy esperándote a vos, y en las incomodidades que todo esto generó. Que ya no sé cómo verte, que algunas calles me traen tu olor, que hay palabras que quiero decirte, pero otro bache me silenció.

F.G.P

Salir del departamento, de la televisión y sus informaciones sobre un mundo con una fecha de defunción próxima. Salir al frío, con la cámara, con los ojos y el centro desenfocado, con preguntas que no desaparecen a pesar de que afuera haya un cielo, quisiera decir, soleado. Caminar hasta desorientar las calles , la culpa, la vida… Llegar a la 59 y encontrarme, digo encontrarte y que de repente, broten nuestros yo viajeros, nuestro arte, nuestra percepción del mundo (traducida como alocada) que llama la atención a tantos. Dicen que escapamos, que somos irresponsables, que no podemos vivir de lo que nos gusta, que queremos joder a los seres queridos, que cómo no vamos a estar en las navidades y los cumpleaños, que nos vamos a morir de hambre y tantas cosas que no hacen más que alargar el comienzo del propio vuelo. Nos escapamos de la jaula en la que nos encerraron, le mostramos que la inestabilidad no es mala, que siempre va a haber alguien que se pare (hoy me tocó a mí detenerme) a ver nuestro arte y se va a llenar con él. Alguien que nos va a preguntar quiénes somos sin que nos de culpa no saberlo porque el otro tampoco lo sabe, alguien que se quede un rato observando cómo hacemos lo que más nos gusta y se maraville, que nos va a preguntar de dónde partimos para entender por qué estamos donde estamos, que va a escuchar nuestras tristezas, que nos va a enseñar algunas palabras de su idioma (que no tiene nada que ver con las lenguas de cada lugar), que nos va a abrazar fuerte como agradecimiento de nuestra compañía, que nos va a ayudar a encontrar el sentido ante esta angustia, que se va a detener a preguntar cómo estuvo el día, que nos va a enseñar a disfrutar el momento porque después si el azar no quiere nunca más nos veremos. Alguien que nos recargue de energías y ganas de seguir viviendo el viaje, quisiera decir, la vida. Y como dijo Fabián (alias “el colombiano”) a veces la gente quiere transmitirte una mala energía, pero yo no los dejo, porque allá en Colombia lo primero que nos enseñan es la risa. Gracias por ayudarme a hacer foco 💛

Anahí

Por unas horas tuvimos la tranquilidad de que estaba caminando, de que se había encontrado con alguien en el Parque Municipal Eva Perón, de que el paisaje estaba lindo y había perdido la noción del tiempo. Pero no. Empezaba a ser real lo que fue la realidad de tantas mujeres en estos últimos años. Primero: la denuncia. Segundo: la impotencia de no saber su paradero, de un Estado invisible, de la figura impune apropiándose de su cuerpo. Tercero: la etapa más desgarradora. La desesperación de los familiares y amigos, la incredulidad nuestra, frente a otra desaparición. Las 24 horas de esperanza. El temor de las 25 que se extiende a días, semanas y hasta años de búsqueda. La incertidumbre de si hallaremos algo vivo o de nuevo ganó la muerte, digo, el femicida. Y andar con el alma salida, con el oído aguzado, con las lágrimas inundando todos los poros, con la tele prendida y la ciudad empapelándose del nuevo rostro que no tapará los restos del anterior. El estómago revuelto, las dudas, el vacío. Aferrarse a que aparezca alguien que diga dónde ella se escondió, pero que no hable de que la vio en…, de que subió a…, de que ya no estará más. Que la traigan viva y dejen de joder, que nos duele no saber, que no queremos que nos vulneren otra vez. Que les quede claro que no nos traen ni nos llevan, que la verdad queda en su piel, que hasta que esto no acabe, por más que estemos rengas seguiremos en pie.

Crepitar

Mi noche se encadenó a tu cintura,

y a tu mirada veloz,

al frío… pero de tu tacto,

y al de esa habitación.

Me acostumbré a dormir mirando a la derecha

porque tu ausencia aquí ya se instaló,

elegí quedarme,

pero me perdió.

¿Sabés que el silencio no me gusta para tu voz?

Prefiero ver el blanco de tu cielo raso cuando golpea el dolor.

Me pregunto si todavía oirás mi voz,

O si la parte que perdí se quedó allá, juntito a vos.

Si sentirás el atolladero de buen día que atragantado me ahogó.

O si alguien mira fascinado cuando las sombras de tu ventana saltan a tu espalda y empiezan a formar una constelación.

O si de dormida te torcés a mirar quién te da calor.

Y si alguien te abraza cuando la negrura te invadió.

O corre para que no te levantes vos.

O te lee para que sueñes mejor.

O te puede acompañar como no lo pude hacer yo.

Los colores de la muerte

Como casi en la mayoría de las poblaciones del mundo occidental, existen ciudades destinadas a los muertos, lugares en donde descansan el alma y el cuerpo de los que dejaron de habitar este espacio. Sin embargo no se fueron realmente, porque los difuntos son del pueblo y pareciera que residen en las callecitas de estos paredones grises y amarillos como el sol de primavera. El aire se siente profundo y frío. Las veredas están impregnadas por las huellas de la religión predominante, que es la católica. Sus nombres son de advocaciones marianas como nuestra señora de Lourdes y nuestra señora de Guadalupe; y de santos como San Roque, San Pedro y San Gerónimo. Este último, es el patrono de Santa Fe y considerado Padre de la Iglesia, ya que tradujo la Biblia del griego y del hebreo al latín. En estos lugares uno se asemeja a San Gerónimo, porque intenta traducir los panteones, los nichos, las estatuas, ese universo de silencios y vacíos.

El cementerio Municipal desde sus orígenes, hace 125 años aproximadamente, fue un intento de unificar las necrópolis donde actualmente está el Parque Garay y el ex seminario de Guadalupe. Se sabe que hasta el 2010 continuaron con el traslado, llegando hoy en día a haber alrededor de 20.000 nichos, 3.000 fosas en la tierra y 1.500 tumbas en el cuadro de los angelitos, denominado así porque está destinado a los niños. La fachada se conserva casi igual, está pintada de un color blanco nube y un amarrillo pastel y protegida por palmeras, pinos y paraísos. También conforman el paisaje exterior seis puestos de venta de flores, de los más variados colores, que decoran los nichos, dándole vida a esa muerte de la que nadie puede escapar. En el interior del cementerio, todo comienza a ser como el laberinto gigantesco del mito del hilo de Ariadna. Hay pasillos largos, cortos, horizontales, diagonales, los que se topan con los llamados jardines del recuerdo, o los que no desembocan más que en un paredón grisáceo. Por ellos uno camina y siente como si estuviera sumergido en una siesta invernal.

En la entrada de esta gran ciudad, se pueden observar los más variados estilos arquitectónicos. Si uno recorre con la mirada hasta la parte superior de los panteones, ve las inscripciones de las familias a las que pertenecen. López, Racine, Aldao, Cullen, Franchino Lupotti, todos considerados ilustres, gobernadores e importantes molineros de la ciudad. Como todo es un poco místico, no se tienen certezas sobre el lugar. Algunos dicen que los registros desaparecieron, otros comentan que se quemaron. Se estima que el fundador es Simón de Iriondo, pero también se lo atribuyen a Benito Pinasco, ambos intendentes de la ciudad. Se cree que el primer panteón es el que hoy tiene el nombre de un tal González-Pérez o tal vez es el de Racine, que tiene la estructura de una réplica de las pirámides de Egipto, o el de la calle San Gerónimo, que fue comprado en Florencia. La gran construcción del Oratorio, primera capilla y denominado panteón ilustre, demuestra la inutilidad de los espacios enormes, pero vacíos que en un período de inundación han servido de refugio para quienes no tenían nada. A pesar de estas imponentes estructuras, no deja de llamar la atención el cielo en las horas matutinas, ya que se cubre de una capa negra que proviene del humo que sale de las chimeneas que creman los cadáveres. Chimeneas por las que brotan partículas que suspenden el aire y pareciera que quieren asfixiar la poca vida que hay.

Algunas veredas están averiadas y otras enteras, al igual que los días de Cristina, que asiste a menudo a reencontrarse con lo que queda de su marido. Ella está parada frente a una cruz, en el que es el primer jardín de los recuerdos. Ella coloca un ramo de margaritas blancas y rosas rojas, traídas de su jardín, en honor al equipo de fútbol, Unión, del que su marido era hincha. Ella llora en voz baja y luego coloca un papel que contiene un dibujito de su nieta menor. Cristina es de tez morena, ojos verde eucalipto, como los dos árboles que se visualizan al fondo de este centenar de cruces blancas enterradas. “Aquí yo siento como si la muerte estuviera por llegar en cualquier momento” dice Cristina con un tono melancólico en la voz. Como siempre las conversaciones se interrumpen por las palomas, que se encargan de pintar el cielo con sus vuelos, de visitar los nichos olvidados y de asustarnos con sus aleteos que resuenan en el silencio que permanece en todas las horas del día. Cristina hace más de dos años que transcurre todos los lunes por este suelo. “Pienso que si no lo vengo a visitar, se va a enojar. Yo todavía siento que está acá” expresa Cristina mientras se aprieta con la mano el corazón. Ella sabe que no se va a enojar, pero por alguna razón sigue teniéndole respeto, quizás porque se sigue en la incertidumbre de no saber qué hay del otro lado. O tal vez porque en esta ciudad todo impone majestuosidad.

La tarde se va yendo de a poco y la luz comienza a disminuir, pareciera que no queda más que un interminable crepúsculo. Pero todo se acaba. O casi todo, porque los árboles se rebelan al orden institucional que prevalece desde el origen. Entonces deciden crecer en donde a nadie se le ocurriría que estén, y uno los ve brotando en la parte más alta de los panteones antiguos. También los encuentra saliendo por los costados de algún nicho vacío, o al lado de una tumba que aparenta ser de un blanco nieve pero que está recubierta de tierra. Uno va sintiendo como si de a poco estaría transitando el umbral hacia el lado de los difuntos, y dicen, que a una cierta hora de la tarde, ya no se sabe de qué lado se está.

 

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Cerrá los ojos y jazzeá

Medir la cercanía con las pequeñas vibraciones de los tamborcitos. Acercar las pieles musicales. Extraerse la capa de problemas. Ser parte de un sonido que sale. Abrazarse de la melodía. Estallar de temperatura afiebrada. Extasiarse de movimientos corporales. Sacudir las agujas clavadas en el tiempo. Llenarse de percepciones sensoriales. Mutar con ese misterio lenguaje.