Los colores de la muerte

Como casi en la mayoría de las poblaciones del mundo occidental, existen ciudades destinadas a los muertos, lugares en donde descansan el alma y el cuerpo de los que dejaron de habitar este espacio. Sin embargo no se fueron realmente, porque los difuntos son del pueblo y pareciera que residen en las callecitas de estos paredones grises y amarillos como el sol de primavera. El aire se siente profundo y frío. Las veredas están impregnadas por las huellas de la religión predominante, que es la católica. Sus nombres son de advocaciones marianas como nuestra señora de Lourdes y nuestra señora de Guadalupe; y de santos como San Roque, San Pedro y San Gerónimo. Este último, es el patrono de Santa Fe y considerado Padre de la Iglesia, ya que tradujo la Biblia del griego y del hebreo al latín. En estos lugares uno se asemeja a San Gerónimo, porque intenta traducir los panteones, los nichos, las estatuas, ese universo de silencios y vacíos.

El cementerio Municipal desde sus orígenes, hace 125 años aproximadamente, fue un intento de unificar las necrópolis donde actualmente está el Parque Garay y el ex seminario de Guadalupe. Se sabe que hasta el 2010 continuaron con el traslado, llegando hoy en día a haber alrededor de 20.000 nichos, 3.000 fosas en la tierra y 1.500 tumbas en el cuadro de los angelitos, denominado así porque está destinado a los niños. La fachada se conserva casi igual, está pintada de un color blanco nube y un amarrillo pastel y protegida por palmeras, pinos y paraísos. También conforman el paisaje exterior seis puestos de venta de flores, de los más variados colores, que decoran los nichos, dándole vida a esa muerte de la que nadie puede escapar. En el interior del cementerio, todo comienza a ser como el laberinto gigantesco del mito del hilo de Ariadna. Hay pasillos largos, cortos, horizontales, diagonales, los que se topan con los llamados jardines del recuerdo, o los que no desembocan más que en un paredón grisáceo. Por ellos uno camina y siente como si estuviera sumergido en una siesta invernal.

En la entrada de esta gran ciudad, se pueden observar los más variados estilos arquitectónicos. Si uno recorre con la mirada hasta la parte superior de los panteones, ve las inscripciones de las familias a las que pertenecen. López, Racine, Aldao, Cullen, Franchino Lupotti, todos considerados ilustres, gobernadores e importantes molineros de la ciudad. Como todo es un poco místico, no se tienen certezas sobre el lugar. Algunos dicen que los registros desaparecieron, otros comentan que se quemaron. Se estima que el fundador es Simón de Iriondo, pero también se lo atribuyen a Benito Pinasco, ambos intendentes de la ciudad. Se cree que el primer panteón es el que hoy tiene el nombre de un tal González-Pérez o tal vez es el de Racine, que tiene la estructura de una réplica de las pirámides de Egipto, o el de la calle San Gerónimo, que fue comprado en Florencia. La gran construcción del Oratorio, primera capilla y denominado panteón ilustre, demuestra la inutilidad de los espacios enormes, pero vacíos que en un período de inundación han servido de refugio para quienes no tenían nada. A pesar de estas imponentes estructuras, no deja de llamar la atención el cielo en las horas matutinas, ya que se cubre de una capa negra que proviene del humo que sale de las chimeneas que creman los cadáveres. Chimeneas por las que brotan partículas que suspenden el aire y pareciera que quieren asfixiar la poca vida que hay.

Algunas veredas están averiadas y otras enteras, al igual que los días de Cristina, que asiste a menudo a reencontrarse con lo que queda de su marido. Ella está parada frente a una cruz, en el que es el primer jardín de los recuerdos. Ella coloca un ramo de margaritas blancas y rosas rojas, traídas de su jardín, en honor al equipo de fútbol, Unión, del que su marido era hincha. Ella llora en voz baja y luego coloca un papel que contiene un dibujito de su nieta menor. Cristina es de tez morena, ojos verde eucalipto, como los dos árboles que se visualizan al fondo de este centenar de cruces blancas enterradas. “Aquí yo siento como si la muerte estuviera por llegar en cualquier momento” dice Cristina con un tono melancólico en la voz. Como siempre las conversaciones se interrumpen por las palomas, que se encargan de pintar el cielo con sus vuelos, de visitar los nichos olvidados y de asustarnos con sus aleteos que resuenan en el silencio que permanece en todas las horas del día. Cristina hace más de dos años que transcurre todos los lunes por este suelo. “Pienso que si no lo vengo a visitar, se va a enojar. Yo todavía siento que está acá” expresa Cristina mientras se aprieta con la mano el corazón. Ella sabe que no se va a enojar, pero por alguna razón sigue teniéndole respeto, quizás porque se sigue en la incertidumbre de no saber qué hay del otro lado. O tal vez porque en esta ciudad todo impone majestuosidad.

La tarde se va yendo de a poco y la luz comienza a disminuir, pareciera que no queda más que un interminable crepúsculo. Pero todo se acaba. O casi todo, porque los árboles se rebelan al orden institucional que prevalece desde el origen. Entonces deciden crecer en donde a nadie se le ocurriría que estén, y uno los ve brotando en la parte más alta de los panteones antiguos. También los encuentra saliendo por los costados de algún nicho vacío, o al lado de una tumba que aparenta ser de un blanco nieve pero que está recubierta de tierra. Uno va sintiendo como si de a poco estaría transitando el umbral hacia el lado de los difuntos, y dicen, que a una cierta hora de la tarde, ya no se sabe de qué lado se está.

 

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