Anahí

Por unas horas tuvimos la tranquilidad de que estaba caminando, de que se había encontrado con alguien en el Parque Municipal Eva Perón, de que el paisaje estaba lindo y había perdido la noción del tiempo. Pero no. Empezaba a ser real lo que fue la realidad de tantas mujeres en estos últimos años. Primero: la denuncia. Segundo: la impotencia de no saber su paradero, de un Estado invisible, de la figura impune apropiándose de su cuerpo. Tercero: la etapa más desgarradora. La desesperación de los familiares y amigos, la incredulidad nuestra, frente a otra desaparición. Las 24 horas de esperanza. El temor de las 25 que se extiende a días, semanas y hasta años de búsqueda. La incertidumbre de si hallaremos algo vivo o de nuevo ganó la muerte, digo, el femicida. Y andar con el alma salida, con el oído aguzado, con las lágrimas inundando todos los poros, con la tele prendida y la ciudad empapelándose del nuevo rostro que no tapará los restos del anterior. El estómago revuelto, las dudas, el vacío. Aferrarse a que aparezca alguien que diga dónde ella se escondió, pero que no hable de que la vio en…, de que subió a…, de que ya no estará más. Que la traigan viva y dejen de joder, que nos duele no saber, que no queremos que nos vulneren otra vez. Que les quede claro que no nos traen ni nos llevan, que la verdad queda en su piel, que hasta que esto no acabe, por más que estemos rengas seguiremos en pie.

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